viernes, agosto 26, 2005

En el silencio todas las voces parecen cantar, infalibles, todos los caminos. Como si un mapa de la vida se escondiera en cada conseja rinconera, en cada banca de parque, en cada conversación del alcohol, como si en cada dictum habitara un sermón, como si la sola presencia de una vacilación hiciera imposible resistir al párroco que todos llevamos dentro. La duda, según Montaigne es una de las sombras centrales y más temidas de su entonces vida. Yo sólo puedo decir que quizá tenía razón como seguramente tú también tienes razón. La duda, sin embargo, es anterior a todo juicio, a todo acto, anterior a toda expresión de la duda misma, de toda potencia sin duda. La verdadera evidencia de que ninguna sabiduría es posible, supongo, se encuentra en el simple reconocimiento de esta imposibilidad: ¿quién podría pensar en ninguna respuesta correcta, por evidente o natural o necesaria que esta fuera? La gravedad esta ahí, por así decir, y se evalúa en función de 9.68m/s2 pero pensar que esto define algo es razón de burro, como la lógica formal y demás veleidades de siervo.
Por momentos (nomás por momentos) sospecho que consideramos nuestras acciones bajo la sombra de un esquema lógico: si A + B / W, entonces Z. Esta servidumbre, supongo, excitará no pocos monstruos. Como si el cálculo racional y la racionalización de estupideces se fundieran en el mismo proceso de fundar la incipiente cimentación del heroísmo insustancial de lo cotidiano. Visto así, Porfirio nunca estuvo equivocado: era su árbol, tristemente, la representación esquemática de una realidad (digo triste porque llegó antes que la semiótica, la lógica del discurso y las Gestalt). Insisto ¿te podrías equivocar, aún si quisieras? La desconsolada necesidad hace de los asideros una profesión de fe de la propia personalidad; cuanta acción se perpetra (como crimen) sobre la superficie del planeta acabará por convertirse en un lastimero grito (uno más) del sentido autoreferencial con el que parece desnudarse la propia vida: “siembras lo que cosechas”, voy, voy, voy...
Insisto ¿te podrías equivocar, aún si quisieras?
Las referencias espaciales son, muy a mi pesar, algo que no alcanzo a percibir con la delicadeza que quisiera. Voy al supermercado o al estadio pero fuera de eso no veo mucho más. Vengo, aquí, allá, tienen sentido si lo que me importa es broncearme o perfilar mi timidez hacia alguna adolescente ibiceña (aunque bastaría con una adolescente acapulqueña y me conformaría con una adolescente a secas). De otra manera usadas las encuentro de una enormidad un poco grosera a decir verdad; me producen un regusto evolutivo sinceramente emético.
Más menos.
Estés en una habitación o en otra ¿que tanto puedes cambiar? ¿Quieres cambiar? ¿No quieres? Aunque la convivencia diaria con otros seres tiene mucho de una ingratitud con el Nirvana, ¡qué diablos! Más allá (ajua!) de eso, cuando hablas de riesgos imagino que calzas tus frases con chanclos de goma: si un revolver al sesgo adornara una de tus sienes, incluso así, no entendería la parte del riesgo.
Algo reverbera en tus palabras, sin embargo.

Ps Desconfía de las verdades discretas porque de aquellas que vienen envueltas en sedas y rosetones son, sin duda, producto de la mente de un Viernes cualquiera, de un bárbaro perfumado, por así decir.

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