viernes, agosto 26, 2005

Mi computadora no está. Despierto

El día es un señor parado en una fila de supermercado interminable; con el carro atestado de lechugas, mientras que el ambiente se corta con cuchillo como ate de ciruela: espeso, pegajoso y enrojecido.
Busco mis zapatos bajo la cama mientras te escribo estas letras sueltas. La parte maravillosa de la tecnología es que cada vez te quita más cosas agradables: no escribo, dicto. Es lindo, en verdad; lindo e inútil; quizá por eso más lindo.
Tuve un sueño, después de mucho tiempo, puedo contar un sueño.
Duermo. Cansado por arcanas razones, despierto angustiado: he cometido la peor falta de todas. Miro alrededor, nadie me ve. Supongo que si nadie se ha dado cuenta de mi pecadillo, no es irremediable y puedo corregirlo. De inmediato me siento a escribir. El pecado fue quedarme dormido porque tenía que escribir algo importante. Escribo y escribo; neurótico, no me levanto durante muchísimo tiempo. Mi madre, al principio, me acerca tazas de café, tortas y galletas. Sin falla, tortas, café y galletas. Mi barba crece. Mientras paso la mano por mi rostro descubro una parte de mí que no existía antes: tengo pelo que sale desde dentro de mi cabeza; y sale por las orejas. Las tortas dejan de llegar; sólo entonces descubro que las galletas llegan por medio de una señora, aunque desconocida, que me saluda con mucha confianza. Las piernas duelen; los dedos de la mano se crispan sobre el teclado: todo yo soy un sólo entumecimiento. Termino por fin. Estoy descalzo, en calzoncillos, con playera blanca sin mangas (¿?) y cubierto por una bata de felpa. A pesar de todo, no siento frío; ni en la planta de los pies mientras camino por la casa a oscuras para no despertar a nadie. No tengo cigarros. Como a veces sucede, salgo a la calle tal cual estoy, sin siquiera calzarme. Afuera, todos me ven como bicho raro, como a veces sucede. Nadie conocido. Intento volver a casa: he olvidado el dinero. Tampoco traigo llaves. Pulso el timbre hasta que me duele un dedo; inútil, nadie abre. Entra un repartidor de pizza. Y entro con él. Toco la puerta con los mismos resultados: nudillos adoloridos sin respuesta alguna. Un tipo se aproxima amenazador. Tengo miedo. Me pregunta: ¿quién eres qué quieres? Tengo mucho miedo. Logro abrir una ventana y colarme dentro para mi sorpresa, puedo pasar en medio de los barrotes: desde los 11 años ya no cabía, pienso. Mi casa, silencio. El piso se siente raro, como suave y tibio. ¿Alfombra?, no. Corro las cortinas; ya hay luz de día. Polvo y polvo. Polvo por todos lados; polvo y muebles sin trastes ni objetos. Muebles nomás; y mucho polvo. El piso es una capa de polvo que no cede ni al peso de mi cuerpo: como arena de playa, pienso y trazo una línea con el dedo gordo del pie derecho, esperando que una ola se la lleve. Nada. Polvo nomás. Llaman a la puerta. No abro, tengo miedo. ¿Quién anda ahí porque te metes? Es mi casa creo que digo; y lo digo seguramente porque me responden que no es cierto que ya nadie vive ahí, que sus habitantes desaparecieron todos un día sin que nadie sepa de ellos. No es cierto aquí estoy yo pienso que le digo pero no creo haberle dicho nada porque nada me responde. Primero se fue el chavo, me dicen, el perro y la señora, se fueron tiempo después. ¿A dónde se fue la señora? Pregunto; que no sabe pero que eso tiene tanto tiempo que se lo contaron sus padres antes de heredarle el departamento. ¿Y el perro? Nada tampoco; pero que sabe que la señora caminó muchísimo para encontrarlo sin que eso pasara. Y mucho tiempo pasó además parada en la puerta esperando que regresara; pero no me dí cuenta cuando se salió; ni siquiera había abierto la puerta, dice que le dijeron que decía. Avanzo por el polvo. Puedo recorrer mis pisadas hasta el baño: profundas y pequeñas. El rostro es igual que siempre en el espejo. No veo cabello salir por las orejas pero al pasar la mano por el rostro lo siento sin embargo. Mi bata, quien sabe porque, esta impecable. Sólo entonces veo mis manos: son las manos de un viejo, pálidas, llenas de lunares, con la piel tensa y brillante, como estirada. Un viejo delgadísimo, debo decir. Lloro. Lloro mucho sin lágrimas; resuello y sollozo, hago ruido pero no siento nada bajar por el rostro. Me siento en el retrete con la seguridad de haberlo perdido todo mientras hacía lo que estuviera haciendo. Mi madre murió, lo sé; mi perro también, mientras yo escribía algo que era importante. Aún, en ese momento creo que era importante. Estoy en mi habitación. Quiero ver que era aquello de lo que ya no recuerdo nada que escribí. Mi computadora no está. Despierto.

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