martes, agosto 16, 2005

otra vez martes

Vengo en mitad de una ola de profunda tristeza. Durante los pasados tres días no he hecho sino pasearme por las peculiaridades de mis vidas pasadas; y son una pena. Como un signo de interrogación que se coloca sólo al final de la frase, me descubro como recién llegado a la incertidumbre, antes que a la duda, al asombro pasmoso (así de doble) antes que a la fascinación. Cada vida, supongo aunque nada me lo haga saber, puede pensarse como presa del arrebato que a veces suele parecer esta obligación de estar presente. Durante algún tiempo incluso, podemos imaginarnos como bajados del infinito almacén de las almas por primera, por enésima o por última vez. Hoy me siento como llegado a la vida por última vez.

Tengo por necesidad la costumbre de revolotear alrededor de algunas palabras; como son ellas las que me escogen y no al revés, este jueves me enredé con la inocencia. Nunca como ahora semejante frase tuvo sentido tan literal, ni tan sentido.

No, por favor, que no panda el cúnico, que si en algo puedo tasar los empeños de una vida es en la reiterada falta de dramatismo.

Lo que intento describir es la rudimentaria raíz de algo muy ligero, muy tenue, una suavidad incluso, con la que pasaron las horas.

¿Culpa? Quizá, pero no hay merito en ello: a veces creo que esa posibilidad está contenida en el centro mismo de las palabras, en las mías, sin duda.



y sin embargo creo que santo el enmascarado de plata aún vive

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