lunes, octubre 03, 2005

UNO DE ESOS LUNES

Quizá la explicación de todo esto pueda hallarla en las horas que circulan los domingos. Las horas que permiten su contemplación suelen ser la forma más curiosa de la conseja que se me ha dado conocer: la propia mortalidad que fluye a ritmo de las dentelladas, lentas y graduales, a un chicle de cereza (de esos que pierden sabor a los 30 segundos), sin tener muy claro cuando comenzamos, y con la dosis suficiente de olvido como para llegar hasta el entumecimiento de la madíbula. Esto supongo, es uno de los subproductos del domingo: un presente terrible, sin irrigaciones: ¡¿qué hago dios mio?! sin consideraciones metafísicas ¿como diablos llego hasta la noche, hasta el sueño, hasta el sedativo horror de la mañana de lunes? ¡Oh dios!
Intento hacer memoria, me esfuerzo en verdad. No puedo, sin embargo, encontrar una semana zanjada por tribulaciones o congoja financiera. Pagos, deudas, acredores, culpas, merodeadores nocturnos y cárcomas diversas, no tienen cabida dentro del dudoso día del señor.

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