Estoy tendido sobre una cama en un cuarto de paredes blancas y un foco desnudo colgando desde un cielo raso con grietas en las orillas. Un trozo de manzana se atora en mi garganta; el aire se aprieta sobre mi cara, choca sin romper la barrera invisible de mis dientes; quiero gritar, romper la línea que lo detiene lejos de mi mordida; quiero morderlo y no lo alcanzo. Mi madre asoma justo debajo del cielo raso, tapando el foco. El círculo de su cara resalta, a la vez que borra todos sus gestos; una sola luna rosa bajo techo blanco.
Desde que cargo con mis propios recuerdos siento la impresión del testigo y no la del protagonista. Raspones con sabor de tierra, mordiscos de chocolate con lazos de baba y sangre, muslos rotundos que una mano que es mi mano recorre hasta desvestirlos de toda duda, el helado de vainilla que mi lengua mira con envidia contada por los dedos. Épica sin héroes, hasta los dolores pasan a través de una mirada que quiere ser indolente; y lo logra. El silencio de vibrato antes del primer beso, el hedor mondo de las peras, la gota de almíbar que corre por el camino que habría de seguir mi barba después, la acidez purulenta de la saliva ajena montada sobre el labio superior, el silencio atronador después del último beso. Cada instante de esta vida que me es contada abre las puertas a una diferente forma de entender: la realidad formada en gajos, quiero creer, rellena los espacios en blanco. Y sin embargo suponer siquiera que es, cabalmente, una forma de entender, sería como pensar que los tomates poseen alguna cualidad superior a la carne de puerco o que la manteca subyace a la margarina. Las cosas son así porque son así porque son así porque son así, porque hay una urgencia que se sobrepone a toda crítica. Quizá por eso no soy tan aficionado a las mandarinas.
Las cosas se mueven, caen, chocan contra otros objetos y contra otras personas. Veo un ejército de hombres y mujeres vestidos con las ropas de la misma plancha atravesar las calles por las esquinas, consultar el reloj, dibujar enternecedores monólogos con los labios hundidos en el teléfono celular, y los veo seguir su acompasada acompañada marcha por la calle mientras un resto diferente espera en otra esquina para seguir a los otros en una dirección distinta. En cada paso, distingo la huella de cada esfuerzo frustrado y no puedo sino sentirme muy inferior al resto de mi especie. Cada reloj regateado en el tianguis con el dedicado talento de construir un señuelo, cada abominable pantalón, cada llanto a la madrugada por las promesas escamoteadas y por las promesas prometidas me deja con el triste sabor de sentirme inútil, vil hasta la libido.
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1 comentario:
Que empiece, pues, el diálogo.
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