Saco finísima punta a mi lápiz. En los rasgos de una mano que esconde mi mano se asoman los filos de un papel sin mayor sentido. Puedo ver los rostros, los ojos que deambulan por los gestos de otras caras de otros ojos sin alcanzar a fijarse en cara alguna, sin formar gesto concluyente, sin dejar la mirada.
Pero nada distingo. Los ruidos de esta noche llegan por la ventana ateridos en un murmullo de pasos descalzos de muebles que se arrastran para formar una cama junto al comedor de día, que ahora también es una litera. Supongo que los vecinos habrán de distribuir el sortilegio de esta mutación con la misma demudada frialdad con la que los días comienzan y terminan, llenados sin voluntad por el arrojo brutal de millones de células empujando por aire y alimento; no más. Como los días se circundan sobre una hora y un milisegundo no es distinto de la historia de mis ancestros, traídos desde lejos por el rancio olor que la miseria deja sobre los muebles herederos de un pasado opulento que huye sin duelo ni duda.
Decía la abuela que no hay mayor pena que el llanto de los muertos. Ahora los escucho trinar sobre este piso limpio sin limpiar y este silencio nauseabundo.
Camino hasta el refrigerador para encontrarlo vacío otra vez. El recorrido circular hace la inteligencia en la voluntad y la necedad en la experiencia. Supongo los miles de minutos que hubieron de suceder para llegar a este instante de prístina ambigüedad. ¿Quien de nosotros estará a salvo? ¿quien no gritará la vida que la pierde? ¿quien encontrará gracioso destino en la hoja con que esta noche mata sus destellos? La finísima cuchilla del espejo devuelve en mi rostro una claridad devastadora. Quiero vomitar; mi estómago se sacude sin remedio ante el tenue olor de mantequilla que trae el aire, imperceptible a través de las cortinas de la ventana. Nadie sabe nada, no por hoy al menos. El estómago vacío quiere vomitar, el recuerdo de otros muertos, de recuerdos que fueron la flor y alimento de los recuerdos de otros, estos sí, mis muertos por propio derecho, asoma debajo de las uñas de mis pies y canta. Los ojos irritados dan ganas de cerrarlos, sabiendo que no hay sueño que me libere de la celda de esta noche, de las paredes que la imaginación levanta.
Comeré huevos mañana. También los hombres invisibles sentimos cansancio.
martes, febrero 24, 2009
troopé circunstanciada
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