jueves, mayo 14, 2009

Hora, llueve

Llueve. Un sillón naranja me espera con ternura. Alargo la mano hasta alcanzar el pocillo, el café resbala por mi garganta mientras pienso en mi abuela, muerta hace tiempo. Se cuela un viento frío por las ventanas de mi casa, abiertas todas, con la esperanza triste de encontrarlo, este viento, como un poco de aire. Los zapatos, mojados, esperan junto a la puerta; la chamarra, cuelga de ella.
Descalzo camino por mi casa a oscuras. Sólo la pantalla de este aparato me descubre despierto a los ojos que intentan penetrar hasta las articulaciones, que chirrian debajo de la ropa pesada por el agua. Intento desvelar el misterio del queso Gruyere pero mi alacena abraza las verdades, más simples, de la galleta salada y dos rebanadas de Salami. Nunca las horas fueron tan literales.
Regreso sobre mis huellas, todavía húmedas, en el piso. Ocho pasos a la cocina, doce al baño, quizá veinte hasta mi cama porque por el momento le hacen falta curiosidades a mi vida. Treintaicinco hasta la calle. Mil hasta cualquier Jacaranda. Cien antes de encontrarme cualquier semáforo. Mi calle comienza en el parque pero termina en algún lugar del Viaducto que, despojado de la decencia de un nombre, acaba por aburrirme. Si me esfuerzo puedo incluso oír las gotas de lluvia chocar contra la capucha. PLAC PLAC PLAC nylon reforzado entre goterones inesperados. Como en una burbuja que rosa bajo el agua todo suena antes que verse, cada cosa es una imagen incipiente. Y la luz, roja verde amarilla lerda, forma surcos. Camino porque no puedo correr. Maldigo mis cigarros; los que no traigo y los que traigo servidos. Ya casi no recuerdo los días cuando no fumaba. Recuerdo, eso si, a Lorena Herrera; en esta esquina de San Borja, en este edificio, frente a este portón cómo un felino dorado se deslizaba entre sus senos. Un par de cuadras más adelante me robaron el reloj. Una palmera extiende sus hojas arriba de los faroles. Oigo mis pies en el pavimento. El jardín de juegos donde mi abuela me llevaba está cubierto por una malla. Ciclónica dicen; ja. Digo jardín por que ya sólo puedo llamarlo parque si acude a mis recuerdos. Así, ahora, no puedo siquiera nombrarlo sin sentir la carne de manzana entre mis dientes. Y eso, dijo mi abuela, La traje, No es cierto, la robaste, contestó. Huele a tierra. Estas caminatas nocturnas acabarán por drenarme.

1 comentario:

Telena dijo...

Querido enmascarado: ¿de qué se trata cuando decimos que somos capaces de entender? Yo no sé, pero trato de apartarme de la necedad que me circunda cuando lo intento. Soy necia, pero trato de desprenderme, como si fuera posible dejar de ser; porque abrazo la idea de que no soy sino imposiciones y quiero apegarme a lo que queda después de quitarlas todas: mi nombre.
Parto de ahí, pero no quiero renunciar a lo que la diagonal del cincel ha creado en mí cuando estoy al lado de esos otros míos. Es por eso que me tocan tus palabras, y llego a la conclusión de que puedo ver la ternura de tu sillón naranja. Veo tus palabras y te veo y luego te aplaudo por invocarlas. Luego vienen los lugares comunes de tu voz, que son sólo comunes en tanto que aparecen con constancia en tu discurso. Tú narras en la medida en que describes y lo dices claro y tan simple: la vanidad se trata de darse cuenta de que las cosas ocurren.

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