jueves, junio 18, 2009

El mundo es una obligación ineludible ante la que me frunzo

Difícilmente me sorprendo. Cambio las letras de las canciones incluso mientras las estoy escuchando; todavía no se por qué, a veces de manera conciente a veces no me doy cuenta. Y me gusta tanto más mi versión, que puedo jurar sin sombra de duda que mi recuerdo es correcto. No puedo entrar en un restaurante sin sentir un irreprimible deseo de encender un cigarro y, en cambio, puedo ver tres películas consecutivas sin acordarme, siquiera, que traigo cigarros en el bolsillo de mi camisa. Soy dócil hasta la infamia, puedo hacer casi cualquier cosa que me pidan, manden, ordenen; recuerdo una vez que me pidieron que le quitara el trabajo a un amigo: lo hice sin el menor asomo de duda o culpa. Todavía me avergüenza el recuerdo. Pero no soporto que me pidan no hacer algo; no abras la ventana, no fumes, me dijo, la neumonía le mantuvo en cama durante más de una semana: me considero terco hasta la infamia. Si digo que siempre espero lo peor, no exagero; a veces creo que tengo 208 huesos en el cuerpo: uno en cada tobillo, que me evitan desbocarme por nada, o casi. No conozco mucho pero tengo suficientes pruebas para suponer que soy un pésimo amante: término demasiado fácil o demasiado pronto, una sola oportunidad por evento y cuando he concluido siento unas urgentes ganas de salir corriendo, pero los huesos extras de mis pies me lo evitan así que me duermo. En el último sueño que recuerdo me encontraba tendido en cama, la puerta entreabierta del cuarto no dejaba pasar la luz, pero algo atrás se mantenía iluminado; la modorra me vencía, lentamente resbalaba mientras algo o alguien me comunicaba que la muerte estaba del otro lado de la puerta, no podía moverme, huir, cerrar la puerta, batallando desperté; tenía once años, desde entonces no recuerdo sueño alguno. Me gusta decir que empecé a cocinar por tragón y por mi abuela, pero la verdad es que no soporto la imagen de la comida: un dedo lleno de catsup es terrible, un trozo de aguacate que se desliza por la comisura de los labios una pesadilla. Tampoco me gusta ver comer, por eso como rápido. Mi abuela, sin embargo, me mantuvo en la cocina durante los primeros años de mi vida; a pesar de ello, adoro su memoria. Mi abuela murió un año, pero había muerto un año antes (todavía no puedo saber con exactitud, que año fue: 2001 ó 2002 ó 2003 ó 2000); volé hasta Chiapas cuando me avisaron de su accidente: se había caído y fracturado el cráneo; pasé con ella, con los dolores que la transportaron a otro tiempo, a otros lugares, toda la noche; a la mañana siguiente volamos de regreso a la Ciudad de México, pero el dolor la dejó allá, en otro lado, afortunadamente; un día después, después de la operación que retiró el coagulo de la región parietal derecha, aliviando así la presión y los dolores, después de 8 horas de convalecencia dormida, ella despertó pero ya no era mi abuela, era un bebe de 42 kilos, uno muy llorón pero sonriente; un bebé que, bien pensado, murió al año de nacida. Eso, no se lo perdono; durante ese año, huí de casa, de mi madre, a quién dejé sola con la carga; no me perdono por eso. Compró libros que no leo; leo libros que no entiendo; entiendo libros que no sirven para nada; y de aquellos libros de los cuales puedo encontrar algún provecho, los olvido como se olvidan los malos eventos. Me considero católico porque encuentro el resto de las creencias monumentalmente aburridas: al menos esta tiene una historia de abatimientos y desaciertos sobre la cual regodearse y, por encima de todo, no intenta engañar a nadie con la salvación, aquí, ahora, en este tiempo en esta vida. Me cagan los ateos: la incredulidad sin resentimiento no puede tener justificación alguna; no la necesita. Me gustan los perros porque no hablan; no soporto a los pericos, a los puercos y a los gatos por la misma inversa razón. Corrijo: tolero a los gatos por venganza: siento que me desprecian y no soportan el contacto humano: los acaricio con pasión. No me gusta hacer filas; evito los lugares concurridos donde a mi mónada no se le permite ampliarse más de un metro cuadrado. Cuando estoy en lugares atiborrados, tiro pedos: digo que es un resabio primitivo, un literal atavismo, como el apéndice o los bellos de mis brazos; pero tampoco me creo; es un extraño pero efectivo mecanismo de defensa, a pesar de todo, particularmente bueno en el metro a las horas pico. Creo con firmeza que los gringos son individuos sospechosos, por decir lo menos. Creo que Bush responde con mayor profundidad a las aspiraciones y realidades de ese pueblo que Obama; todos encontramos simpático al negrito. Creo que la homosexualidad es antinatural; solo que alguien tuvo las pelotas para rebelarse a esa maldita tirana. Cada vez que enfrento un problema práctico, una sonrisa se arrastra por los dientes que no tengo que son muchos. Cada vez que enfrento una situación problemática que requiere de algún tipo de esfuerzo emocional, me arrastro como los dientes que no tengo; todas las respuestas, todas las soluciones me parecen igual de falsas y fantásticas, así que me quedo igual, me quedo quieto sonriendo también; pero ahora se que la sonrisa también es falsa: ni modo de darme la satisfacción todas las mañanas, frente al espejo. Sospecho que soy un culero, pero no más que el resto de mis personalidades; ni estas, mucho más que el resto de mis conocidos; ni ellos, más que el resto. Sin pasión, miro, sin pasión todas las cosas giran, hacen sentido en sí mismas, no necesitan ni del concurso de mis atenciones. Soy irónico por accidente, pero el sarcasmo se me da sin esfuerzo; hasta mis bromas más dulces, pregunten a mi madre, suelen ser agresivas o hirientes, pero lo soy porque me formé con los mejores: pregunten a mi padre. Me atormenta explicarme, no hay mayor ofensa que pedirme que diga dos veces la misma cosa o que refraseé algo que dije. Me debato entre la sinceridad y la franqueza: una la sospecho frívola, la otra grosera; soy un poco de ambas y, al parecer, de ninguna. Digo lo que pienso, siento lo que digo, para mi confort lo expreso de manera que pocas personas puedan entenderlo, y nunca sin dudas. Ambos padres fumadores explosivos, prendí mi primer cigarro a los siete, fumé a los once y a los trece compraba cajetillas: no puedo evitarlo, somos fumadores de otro tiempo, sin ambivalencias, sin restricciones, sin ponerle mucho peso a las consecuencias. Quizá por eso entiendo la muerte como un acto inevitable y quizá por lo mismo no estoy tan convencido de encontrar una vida sin complicaciones, sin consecuencias mortales. Tampoco en esto me engaño demasiado: subir un piso me sofoca, los elevadores me quitan el resuello, estoy jodido. No puedo recordar (y vaya que me esfuerzo en esto) la última película que me dejó pensando; hubo una vez, durante la escuela, alguna de ellas, que podía pasarme horas enteras conversando de lo que no hice durante un rato en la oscuridad mientras me atiborraba de palomitas. Pero la verdad es que tiene tanto o más tiempo que nada me deja pensando más de treinta segundos; incluso ahora, mientras escribo voy pensando, o al revés, también de la pus me aburro. Me considero mamón pero simpático, reservado y dicharachero, un tipo de lo más pesado que, paradójicamente, resulta la prueba inútil de que la amistad existe; además de la prueba de que todos necesitamos un amigo complicado y sinuoso: nos hace sentir que lo entendemos: nos compadecemos de la propia inteligencia. Yo tengo el mio. Me apesta la boca: será por los dientes podridos, será por tragar mierda o será porque adentro traigo tanta mierda que ya no supura; hacer la diferencia es creer que hay diferencia. Aunque la coherencia es uno de mis pasatiempos, la concordancia se me niega (como subir las escaleras de múltiples pisos) y la verdad que estas noches llegan con una sensación de naufragio, las calurosas son las peores, las frías por lo menos aturden y aunque llego después de mucho tiempo de nadar no puedo evitar ni la ansiedad ni la rabia: como la de los gatos, paralizante, y a últimas fechas, la verdad me ahogo.

2 comentarios:

Telena dijo...

Vaya personalidad infranqueable, ¿cuál de todas será?, ¿no serán todas atropellándose? Que sí, que sí...

Anónimo dijo...

¿A dónde te fuiste si hace unos segundos estabas conmigo?

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