Los dos sentados a la mesa, fijamente sorprendidos en los ojos, uno del otro. Uno de la otra, ¿quién movería primero, inflaría la voz, desviaría la vista, perdería el contacto? Una ni otro alcanzamos a vislumbrar el coletazo de la noche que llegó haciendo oblicua la luz en el costado de nuestros rostros. Uno ni otra vimos los instantes afilados en silencio de un segundo. Quietos, ateridos, ciegos, sin comprender estando.
Pero poco importa: tu cuerpo no admite memoria y tu inocencia, aunque perfecta, repele sin gravedad.
Ahora, tiempos después, apenas intento contar una historia.
miércoles, julio 29, 2009
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