Alcanzo las llaves pero no tengo la fuerza suficiente para sacarlas de su mano. El frío se siente hasta en la nuca, por debajo del cabello. Es tarde, deberíamos entrar pero estamos aquí, tropezando, balbuciendo. Veo el brillo de sus ojos pero no puedo ver los ojos. Ella estornuda. La oigo estornudar, quiero decir. Confundo sus dedos con las llaves; están fríos y este frío si se siente con las uñas. La calle oscura desaparece detrás del farol; el piso de tierra, el lodo, las bardas difícilmente levantadas, sin pintura, los grupos de zacate que parecen manchas antes que decoraciones, todo, absolutamente todo, sigue ahí, seguramente, como una fantasía inconclusa.
Me voy de lado. Los mareos, cosa de borrachos, me dejan con un juego de llaves en la mano. Creo que la arrastro conmigo, que casi la tiro y nos caemos en el vaivén, pero no es verdad. Sostenido por el asa de la puerta, salgo del haz de luz. Casi caigo. Mañana seguro pensará que me ha salvado, ayudado, sostenido, evitado de caerme, pero esperará hasta haberlo contado frente a otros para recordarlo. Pero esto tampoco será verdad, tan sólo no tendré la fuerza para negarlo.
No me ve, sin duda, como yo no puedo ver más que el brillo de sus ojos sin ojos.
Giro la llave y nada sucede, nada abre. Ha llovido. El piso está mojado, estoy parado en una isla en medio de un río de lodo, deslizado en manchas de sangre pero sin hundirme; eso tiene que importar un poco. El brillo de sus ojos me dice cosas, dice, por ejemplo, que no eran estas las llaves.
Todavía ignoro que celebramos. Quizá el recuerdo, quizá la promesa. Qué jodida forma de perder los tiempos. Ignoro como entramos, y también si ella celebra o yo celebro, si ella culebra y yo culero, si ella zebra o si yo cabré. Los perros chillan al recibirnos.
Entramos a la cochera. Mi camisa está sucia, es una pena. Fue blanca esta mañana; lo sé porque la saqué de la secadora. Tengo hambre y no tengo lentes. La perra pequeña brinca sobre mis rodillas. La perra grande gruñe, muy agudo, caminando en círculos a nuestro alrededor. No tengo lentes, chingados, el segundo par en seis meses. ¿Porque pienso en perros cuando sólo hay perras en esta casa? Necesito un perro para pensar con propiedad. Uno macho y labrador. Tengo hambre pero no quiero hacer nada, tampoco buscar, para comer.
Deslizo mi mano debajo de su pullover y su blusa. No se como se dice pullover, pero si se como se escribe; por eso tengo que escribirlo. Ella tiembla. Aleja su espalda de mi mano, estás bien, pregunta. Supongo que si, contesto.
La casa está a oscuras, ahora lo noto. El piso negro pero de linóleo azul. Tan azul, que parece negro, tan azul, tan feo, tan brillante; imagino forzado que vivo en una acuarela que hicieron en algún parque. Prendieron las luces porque no supe cuando ni quien apretó el interruptor. El piso es muy azul de un mar dentro de un paisaje corriente y muy barato; seguro no más de veinte pesos el metro cuadrado.
Me dice que necesito descansar. Y no estoy cansado, no yo, no hoy. Demasiada adrenalina, cuando desaparece, deja tras de si una tristeza que no deja, pero como voy a estar cansado, con la nariz rota.
Me miran sin ojos, de puro verde. No entiende y se enoja y no entiende que esta enojada. Con delicadeza su mirada vertida vacía me acompaña hasta la cama; hasta el colchón en el piso que hace cama, a veces, quiero decir.
Las paredes de la recámara son cuadros naranjas que dibujan ladrillos en el tabicón antes gris de arena tierra cemento, grava. Me gusta esta virtud del maquillaje. Esta casa, estas paredes húmedas, estas puertas que no se abren cuando abres, que no cierran cuando cierras, este piso azul, su patio sin pasto y sus dos baños sin agua corriente, me gustan con esfuerzo, me gustan mucho, arrancados de la nada. Me gusta incluso ese dibujo de Cepillín que formaron la humedad y los dioses del tirol en el techo, justo por arriba del foco.
Claro que nada es mio, todo es rentado, provisional digamos, menos el refrigerador y la estufa. Cepillín me sonríe, quizá porque sigo vestido, quizá porque la perra pequeña lame la sangre seca de mi rostro. No lo sé. ¿Qué celebramos?
Si la casa es una acuarela mi camisa es una aguafuerte sepia. ahora mi perra, cansada de lamer o habiendo terminado de lamer, lo sabré mañana, descansa sobre mi pecho.
Ella se desviste, entra al baño, se lava los dientes. No me siento tan mal, debería buscar algo para comer. Aunque así está bien, no tengo hambre. Veo la sombra de sus pies por debajo de la puerta del baño. Pensando mejor, tampoco quiero ir al baño. Quiero también creer que me habla pero no es así. Mis perras y yo dormimos antes de que ella salga del baño; o ella sale del baño cuando mis perras y yo dormimos, no lo se; mañana comeré pizza corriente, creo que alcanza el dinero.
Debo pintar la casa. De cualquier manera es provisional, aunque me gustan sus paredes chillonas y su piso azul. Pero lo que más me gusta es que ella me vaya a dejar hoy, pero no esta noche porque de ser así, sería insoportable.
miércoles, julio 29, 2009
Y bajo la luz de los hechos cualquier realidad se adapta a los brillos de su propia imaginación
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