Pero no todo se resuelve tan lindo como los cuadernos para iluminar, ni tan sofocado como las escaleras, particularmente las que ascienden. Tomo la hoja de metal de un cuchillo, paso el dedo pulgar por su canto más fino; tomo mi cigarro, aspiro, y una vaharada de humo y vapores tóxicos inundan mi garganta. Reconozco en el acto que el cuchillo no es una amenaza y que el humo podrá llegar a mis pulmones sin ahogarme, ninguno del todo en cualquier caso. Cada tendón activado, cada músculo puesto en tensión, es la repetición insignificante de otro tendón y otros músculos, es un nervio recordado, como una enorme bola de nieve que pasa a nuestro lado, en silencio e ignorada, terrible, como el ajedrez de Borges, el gigantesco olvido de todo tiempo y recordatorio del presente.
Aprendí a fumar porque en mi casa todos fumaban, sin justificaciones implacables, como también aprendí a subir escaleras, a caminar, a utilizar cubiertos para comer, a morder una cebolla sin hacer gestos y a hundir mis dedos en el queso Roquefort. Pudo no ser así, pudo ser de otra manera, como los cubiertos, sin que imagine modificaciones interesantes al resto de mis recuerdos.
En la cocina no sucede así, sin embargo. No me interesa saber como llegué ahí: el gusto es mio, ya lo tengo, escondido entre mis recuerdos y los recuerdos de mi abuela, en la perfecta combinación del melindre y el glotón; es mio. A los lugares donde acudo cuando entro en una cocina, eso es una historia distinta.
Pero mirar el reflejo de las aficiones resulta mucho más dulce que tener los ojos para ponerle cara al miedo. En mi caso, por ejemplo, he aprendido a oler las antesalas, a ver los umbrales que se aproximan. Por eso puedo alejarme sin gestos, por eso puedo huir en silencio; supongo también que por eso me reclamo de indolente.
viernes, agosto 28, 2009
BURSITIS SEGUNDA
Sofía, con sus cinco años, sabe que para bajar un escalón hace falta adelantar un pie y flexionar la rodilla contraria pero no sabe que puede hacerlo alternadamente, así que cuando baja una escalera lo hace escalón por escalón. Sofía también sabe que para llenar de color rosa el vestido de la princesa de alguno de sus libros para colorear debe tomar el lapicillo color rosa presionarlo contra el papel y repasarlo, el lápiz color rosa, pero Sofía sabe que no puede mantener los trazos dentro de las líneas negras, así que dibuja círculos que iluminan los vestidos de las princesas de sus libros para colorear, siempre princesas y siempre rosas, y una buena porción de los contornos alrededor de estos. Lo que da a sus príncipes una extraña apariencia, bastante divertida en realidad, pero nada más.
Con el tiempo, Sofía, podrá subir y bajar escaleras a velocidades que paralicen el corazón de sus padres y podrá, si quiere, poner los colores dentro de las líneas del dibujo. Pero su tiempo, el tiempo de Sofía quiero decir, es un particular tiempo inundado por miles, quizá millones de escalones y libros para iluminar; ¿quien sabe y quien puede contar? Curiosamente, desde mi punto de vista, las escaleras se volverán parte del paisaje y los cuadernos perderán buena parte de su magia, al menos para mi, que he llegado a apreciar a esos engominados hippies de Jesucristo Superestrella, con charreteras en los hombros y parches rosas en las rodillas.
Con el tiempo, Sofía, podrá subir y bajar escaleras a velocidades que paralicen el corazón de sus padres y podrá, si quiere, poner los colores dentro de las líneas del dibujo. Pero su tiempo, el tiempo de Sofía quiero decir, es un particular tiempo inundado por miles, quizá millones de escalones y libros para iluminar; ¿quien sabe y quien puede contar? Curiosamente, desde mi punto de vista, las escaleras se volverán parte del paisaje y los cuadernos perderán buena parte de su magia, al menos para mi, que he llegado a apreciar a esos engominados hippies de Jesucristo Superestrella, con charreteras en los hombros y parches rosas en las rodillas.
martes, agosto 25, 2009
BURSITIS
Picar cebolla sin perder un dedo, cuando menos, me deja un tanto asombrado. Miro la hoja de metal subir y bajar, pasar a escasa distancia de mi mano izquierda; escucho las fibras blancas de la cebolla tronar mientras el golpeteo constante del cuchillo contra la tabla me indica que las cosas están bien. Mientras vigilo una olla con agua hirviendo y una sartén calentando el aceite, quiero decir, me desatiendo de las cosas que hacen mis manos. Y al final, tengo diez dedos y no hay sangre en la mesa: todo esta bien.
Me pasa seguido, si no cada vez. Cuando pico zanahorias, sin embargo, mi asombro se hace perplejidad: ¿como no me pierdo un dedo? supongo que tendrán la misma consistencia, bajo la hoja del cuchillo es decir; y producirá el mismo sonido recortado, el mismo traqueo silenciado, el chirrido insignificante que precede al corte súbito y anunciado por el choque contra la superficie cariada de la la tabla, prrrrrack. ¿Porque no pierdo un dedo? si atiendo como el fuego consume lentamente los restos de mantequilla en una sartén, miro de soslayo con el ojo derecho como el calor inunda un horno. Nada, todo sigue igual, bien digo, diez dedos y no hay sangre en la mesa, tampoco en el cuchillo.
Supongo que lo he hecho tantas veces que puedo darme algunos lujos. Así como puedo caminar recorriendo con los ojos el folleto que me acaban de entregar mientras muerdo una manzana y apuro las últimas chupadas al cigarro justo antes de adelantar, escaleras abajo, mis pasos hacia la entrada del metro. Así más o menos, supongo. ¿Como no me caigo, me rompo el espinazo, me deslizo en un parpadeo hacia mi cuerpo parapléjico, cuadrapléjico, ridículamente lastimado? Olvidando el folleto de operaciones correctivas de los ojos con pagos a dieciocho meses sin intereses, la pera y el cigarro, con la escalera nomás, con los sólos treintaitrés escalones, ¿como no me parto la madre?
Detrás de la repetición llega la experiencia, un tipo de experiencia, cuando menos. Pero estos ladrillos no levantan construcción alguna por si sólos, hace falta algo más, algo que no encuentra espacio en mi perplejidad.
Sofía, hija de Edgar, nieta de Yolanda, tiene cinco años; me arrastra a jugar palitos chinos, esos que hay que remover cada uno de entre el montón sin mover el resto; accedo porque su insistencia es mayor que todas mis resistencias conjugadas y, para ella, un NO, rotundo, es apenas la antesala de otro y de otro y de otro y de otro, así hasta el fondo del barril de los noes. También tengo que aclarar que, para ella, no tengo más de tres; y son para mi, en realidad. Jugando palitos chinos me aburro, siempre gano. Pero me mantengo en la mesa atento a sus esfuerzos. Sus dedos torpes mueven todo; una vez, hasta la azucarera combatió su dedicación regando cristales por encima y por debajo de las piezas de plástico de colores. Y siempre, cada vez, apunta hacia el palito enterrado al fondo de todos, al más difícil. No puede, se enoja, le gano, se enoja aún más.
Repite y repite pero desconozco que cosas sean las que está repitiendo.
Me pasa seguido, si no cada vez. Cuando pico zanahorias, sin embargo, mi asombro se hace perplejidad: ¿como no me pierdo un dedo? supongo que tendrán la misma consistencia, bajo la hoja del cuchillo es decir; y producirá el mismo sonido recortado, el mismo traqueo silenciado, el chirrido insignificante que precede al corte súbito y anunciado por el choque contra la superficie cariada de la la tabla, prrrrrack. ¿Porque no pierdo un dedo? si atiendo como el fuego consume lentamente los restos de mantequilla en una sartén, miro de soslayo con el ojo derecho como el calor inunda un horno. Nada, todo sigue igual, bien digo, diez dedos y no hay sangre en la mesa, tampoco en el cuchillo.
Supongo que lo he hecho tantas veces que puedo darme algunos lujos. Así como puedo caminar recorriendo con los ojos el folleto que me acaban de entregar mientras muerdo una manzana y apuro las últimas chupadas al cigarro justo antes de adelantar, escaleras abajo, mis pasos hacia la entrada del metro. Así más o menos, supongo. ¿Como no me caigo, me rompo el espinazo, me deslizo en un parpadeo hacia mi cuerpo parapléjico, cuadrapléjico, ridículamente lastimado? Olvidando el folleto de operaciones correctivas de los ojos con pagos a dieciocho meses sin intereses, la pera y el cigarro, con la escalera nomás, con los sólos treintaitrés escalones, ¿como no me parto la madre?
Detrás de la repetición llega la experiencia, un tipo de experiencia, cuando menos. Pero estos ladrillos no levantan construcción alguna por si sólos, hace falta algo más, algo que no encuentra espacio en mi perplejidad.
Sofía, hija de Edgar, nieta de Yolanda, tiene cinco años; me arrastra a jugar palitos chinos, esos que hay que remover cada uno de entre el montón sin mover el resto; accedo porque su insistencia es mayor que todas mis resistencias conjugadas y, para ella, un NO, rotundo, es apenas la antesala de otro y de otro y de otro y de otro, así hasta el fondo del barril de los noes. También tengo que aclarar que, para ella, no tengo más de tres; y son para mi, en realidad. Jugando palitos chinos me aburro, siempre gano. Pero me mantengo en la mesa atento a sus esfuerzos. Sus dedos torpes mueven todo; una vez, hasta la azucarera combatió su dedicación regando cristales por encima y por debajo de las piezas de plástico de colores. Y siempre, cada vez, apunta hacia el palito enterrado al fondo de todos, al más difícil. No puede, se enoja, le gano, se enoja aún más.
Repite y repite pero desconozco que cosas sean las que está repitiendo.
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