martes, agosto 25, 2009

BURSITIS

Picar cebolla sin perder un dedo, cuando menos, me deja un tanto asombrado. Miro la hoja de metal subir y bajar, pasar a escasa distancia de mi mano izquierda; escucho las fibras blancas de la cebolla tronar mientras el golpeteo constante del cuchillo contra la tabla me indica que las cosas están bien. Mientras vigilo una olla con agua hirviendo y una sartén calentando el aceite, quiero decir, me desatiendo de las cosas que hacen mis manos. Y al final, tengo diez dedos y no hay sangre en la mesa: todo esta bien.
Me pasa seguido, si no cada vez. Cuando pico zanahorias, sin embargo, mi asombro se hace perplejidad: ¿como no me pierdo un dedo? supongo que tendrán la misma consistencia, bajo la hoja del cuchillo es decir; y producirá el mismo sonido recortado, el mismo traqueo silenciado, el chirrido insignificante que precede al corte súbito y anunciado por el choque contra la superficie cariada de la la tabla, prrrrrack. ¿Porque no pierdo un dedo? si atiendo como el fuego consume lentamente los restos de mantequilla en una sartén, miro de soslayo con el ojo derecho como el calor inunda un horno. Nada, todo sigue igual, bien digo, diez dedos y no hay sangre en la mesa, tampoco en el cuchillo.
Supongo que lo he hecho tantas veces que puedo darme algunos lujos. Así como puedo caminar recorriendo con los ojos el folleto que me acaban de entregar mientras muerdo una manzana y apuro las últimas chupadas al cigarro justo antes de adelantar, escaleras abajo, mis pasos hacia la entrada del metro. Así más o menos, supongo. ¿Como no me caigo, me rompo el espinazo, me deslizo en un parpadeo hacia mi cuerpo parapléjico, cuadrapléjico, ridículamente lastimado? Olvidando el folleto de operaciones correctivas de los ojos con pagos a dieciocho meses sin intereses, la pera y el cigarro, con la escalera nomás, con los sólos treintaitrés escalones, ¿como no me parto la madre?
Detrás de la repetición llega la experiencia, un tipo de experiencia, cuando menos. Pero estos ladrillos no levantan construcción alguna por si sólos, hace falta algo más, algo que no encuentra espacio en mi perplejidad.
Sofía, hija de Edgar, nieta de Yolanda, tiene cinco años; me arrastra a jugar palitos chinos, esos que hay que remover cada uno de entre el montón sin mover el resto; accedo porque su insistencia es mayor que todas mis resistencias conjugadas y, para ella, un NO, rotundo, es apenas la antesala de otro y de otro y de otro y de otro, así hasta el fondo del barril de los noes. También tengo que aclarar que, para ella, no tengo más de tres; y son para mi, en realidad. Jugando palitos chinos me aburro, siempre gano. Pero me mantengo en la mesa atento a sus esfuerzos. Sus dedos torpes mueven todo; una vez, hasta la azucarera combatió su dedicación regando cristales por encima y por debajo de las piezas de plástico de colores. Y siempre, cada vez, apunta hacia el palito enterrado al fondo de todos, al más difícil. No puede, se enoja, le gano, se enoja aún más.
Repite y repite pero desconozco que cosas sean las que está repitiendo.

1 comentario:

Telena dijo...

Eres un observador implacable y un adulto maravilloso cuando se trata de niños.

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