martes, septiembre 15, 2009

Escombros del huracán Jimena

Hay días en los que mi habitación se abarca en un gesto. La primera luz desenvuelve los cantos de los muebles y las paredes, las sombras se deslizan con delicadeza por el piso bajo la mirada que, colmando los rincones, desnuda líneas y contrapuntea silencios. El viejo pan, además, explota su corteza al contacto con las yemas de mis dedos. Hay días en los que la cebolla se hace redonda en la mordida y, mientras rueda borracha abrazando la lengua cuesta abajo en la garganta, adivina la lluvia. Hay días en los que mi cuerpo se reclina sobre los asientos de mi casa con la clara concepción de este cansancio, con los riñones perdidos, con los nudillos hechos polvo y, entonces, al prender el cigarro de la tarde, las chupadas se hacen soplos. Hay días en los que el viejo Miles atraviesa los cristales de oxígeno y el aire resuena como campanas. Hay días en los que el viejo hábito de volver mis recuerdos un hábito, de hacerlos compañeros, de sentarlos a mi mesa... Entonces jugamos ajedrez, mis habitadas compañías y yo. Siempre pierdo.

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