martes, diciembre 08, 2009

RSTRS

Estoy algo oxidado. A fuerza de perder he perdido hasta esta costumbre. Pero siempre quedarán las imágenes guardadas, la ternura de un par de palabras y el imperio de unos cuantos nombres que, como hijos perdidos de la kabbalah, retumban en las paredes de los años como en el caño profundo de mi garganta, en los dientes y en la lengua como en el silencio insípido del refrigerador andando.
Digo Magdalena y se sacuden los polvos todos de los llanos en Zacapa, forman una nube que extiende sus hilos por las nervaduras que el Suchiate perpetra en mi selva, serpea por las hojas, sube y baja por el Tacaná, se unta de los frutos rojos del café llenándolo todo de verde, pintando de verde la imaginada infancia de mis invenciones. Digo, pienso, muerdo los carrillos, Magdalena y amazonas rompen las tormentas en mitad de los cerros, inundan de ternura el metal de las escopetas que velan a la muerte que viene y a la muerte quejumbrosa de Lolo, tendido herido anciano, como un niño. Digo Magdalena convencido que Al Capone era un pendejo, que no es contrabandear licor, sino mujer en tierra de hombres, que contrabandeaba licor. Digo Magdalena y una sonrisa cae sobre mi esta noche, como un rebozo apasible y doloroso. Digo Magdalena, María Magdalena, y me lleno de rabia contra mis brazos, contra mis piernas, mis humores, que la dejaron morir sin arrancarme uno a uno mis extremos, sin hacer nada. Digo Magdalena orgulloso, seguro, que no me quebré ante nadie, como ella quería. Digo Magdalena y muerdo para adentro, años después, esta noche lloro.
Este nombre estalla en mi cabeza en millones de rostros de una sola cara. Por instantes, todo el universo puede resolverse en un pequeño rostro.

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