martes, julio 17, 2012

El gesto es el mensaje: ademán temeroso, la calle oscura y un conjunto de policías revisando a diestra y siniestra

Conservé mi cool. La cuadra está particularmente oscura. La ciudad de Monterrey, nunca se sabe, no es particularmente atenta a sus dilemas de alumbrado público. El Barrio Antiguo en ocasiones, muchas, parece un conjunto de calles poéticas antes que de cuento de terror. Poético en el sentido de Villaurrutia: "como la calle antes del crimen" quiero decir.
Supongo, además, que no habrá demasiados técnicos en alumbrado público deseosos de recorrer las calles a media noche como están las cosas. Como están las cosas.
Avanzo hasta el supermercado de barrio que se encuentra a un par de cuadras de casa. La calle es más oscura cuando siento una presencia. La bicicleta pasa a mi lado casi golpeando. El conductor no es hábil ni atento. Casi golpeando es más la descripción de una actitud que un hecho.
Mientras se aleja, juraría, pude distinguir un grueso medio puro entre los labios del ciclista intempestivo. Traía un sombrero mitad gorro mitad visera. Recuerdo a Caribú Lou, el personaje malévolo del Oeste de los Looney Tunes.
Mal augur.
Al doblar la esquina se distingue la luz de una taqueria. No hay faroles funcionando pero sus bombillas cumplen un servicio público, en esta ocasión, a la par del comercial. Particularmente quietos, sin embargo, los taqueros.
Camino unos pasos aliviado. Entre la colección de bombillas de 60 watts tendidas por el aire como serie de navidad, el aroma de carbón mezclado con grasa de vaca (presunta vaca: perdón por las concesiones al lenguaje del "debido proceso", pero es el espíritu de la época; presunto asesino, presunto culpable, presunto tocino de presunto puerco; presunto queso, presunta mantequilla, presunta vaca) y el olor del jabón corriente pasado por fuego me distraigo aliviado.
Mal augur.
Dos uniformes de un azul casi negro se atraviesan en mi camino. Completamente embozados se cruzan por mi campo visual. Supongo por un instante que serán de esos personajes que si los sacudes suspendidos de los tobillos caerán varios kilos de metal con las formas más acostumbradas, pero todas juntas, de manera inusitada: traerán cuchillos en lugar de resorte los calzoncillos, pienso.
Conservo mi cool.
Tengo miedo. Miro al soslayo pero bien atento: son ocho vehículos, muchos azules casi negros, algunos parados en la parte trasera de las camionetas, sosteniendo armas que no veía desde la última película de Rambo, o desde la mañana cuando me cruce con un convoy militar rumbo al metro, en posición tensa y distraída a la vez, doblemente amenazante (por lo que quieran hacer tanto como por lo que no quieran hacer); en la calle, muchos puñados de ellos revisan adolescentes en bicicleta, conductores de taxi, a hombres que caminaban por la calle.
Tengo miedo. Conservo mi cool.
Sigo de frente. Intento meterme al supermercado de barrio sin éxito. Ante la presencia o quizá por la hora, un hombre alto y moreno (presunto guardia de seguridad aunque siempre lo veo acomodando carritos) me hace señas con el dedo índice. No, lo agita en el aire detrás del cristal de la puerta. Quizá digo pero ahora el hombre alto y moreno no porta sus gafas oscuras, antes inamovibles. Será.
Me hundo en el Seven Eleven como quien se avienta a una alberca de clavados desde la plataforma de diez metros: aliviado, preocupado, mentando madres por el instante que se te ocurrió subir los escalones que te llevaron hasta aquel punto, el de arriba. Hay veces que el salto tiene certezas que la plataforma no provee. Como el Seven, en este instante.
Conservo mi cool. Me hago pendejo entre los anaqueles. Recorro uno a uno los envoltorios del pan, reconozco modalidades y tipos de la papa y de la harina de maíz frita que no hubiera imaginado hasta este momento. La mierda es omnicomprensiva, digo presuntamente en silencio, aunque la señora a mi lado me mira con rabia y se aleja hacia la caja. ¿Quién pudiera saber? probablemente me escuchó y probablemente también ella se encontraba haciéndose pendeja, huyendo de los azules casi negros y se sintió descubierta, vulnerada. temerosa.
Tengo miedo. Por un instante mi cool me abandona. Hasta tener miedo ha comenzado a resultar temible, motivo de sospecha, prohibido. Católicos y freudianos, ¡arrodíllense!
Salgo a la calle con una coca cola de dos litros de la que no beberé y una cajetilla de cigarros que no necesito. La calle se muestra como "la calle antes del crimen" los policías se han ido.
Conservé mi cool y tuve miedo. Si uno de los dos me hubiera abandonado, estaría perdido ahora, literal y metafóricamente: en estos tiempos, presunto es la palabra de los sobrevivientes; la palabra de los que no sobreviven será más bien un gesto, un ademán, como la cruz en la frente de los "Aurelianos", una marca que no se quita, que perdura, y que sólo las personas armadas y que persiguen la culpa pueden mirar.

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