viernes, julio 27, 2012

Una ilusión puede acabar contigo

La piel hierve. El rostro se endurece hasta el cartón. Las banquetas y los puentes pelean por el espacio. La pelea es justa: los autos pueden reventarte a media calle lo mismo que por las esquinas. Caminar bajo el sol es un esfuerzo que nunca será recompensado.
Intento cruzar una avenida. Tengo dos opciones: obtener una habitación en un lujoso hotel –el lujo no está en sus paredes sino en las treinta monedas de mi bolsillo—para utilizar el puente dispuesto para sus huéspedes o caminar 400 metros bajo el sol hasta el siguiente puente. En Monterrey no hay sombra hay resolana, dice Alfonso Reyes. Viejo mamón.
Imagino que la distancia se reduce. Quiero correr, irme a la chingada. Imagino que floto, que mis pasos vuelan la distancia, pero arrastro los pies. Apenas aguanto la vida de mi peso; imagino que corriendo voy a estallar. Plop, plop, plop. Seré un charco en Gonzalitos (¿“Gonzalitos”?, ¿para qué nombrar una calle con un sobrenombre humillante? ¿para qué? ¿la afrenta en vida no fue suficiente?, no entiendo); un charco gelatinoso en Gonzalitos; gelatina y tripas, áspic de chucho sobre la calle de Gonzalitos en Monterrey.
Todavía quiero irme a la chingada. La banqueta se escurre en treinta centímetros entre el barandal del puente peatonal y la reja de un restaurante de cabrito. Avanzo de lado. Si alguien viene en sentido contrario va a haber un pedo.
Lo jodido no es el camino el sol ni las horribles banquetas. Lo jodido es tener camino. Me voy a la chingada: eso queda por allá, detrás, por arriba, al final descendiendo el puente. Una chingada, quiero decir, porque me han enseñado que ese destino es tan vago que no admite paliativos.
Al pie de las escaleras veo tres pies. Los tres son negros. Y brillantes. Se mueven a los lados dando pasos sincopados. Cualquiera se atropella a si mismo en estas calles. Se mueven produciendo el sonido metálico de piezas que chocan contra el pavimento. Tornillos que caen al piso, tubos de metal ligero rodando, no es una máquina –ni siquiera un aparato—es un enredo de piezas que se arraciman sobre sí, clavos y alambres, derrumbándose bajo el sol.
Un hombre mira fijamente. Una banda color plata le cruza la frente – ¿color acero no de acero?, ¿plateada no de plata?, no lo sé—baja por detrás de las orejas; se pierde por la nuca. Tiene la mirada vacía. El labio inferior, prominente en una boca pequeña, parece que se alarga únicamente debajo de la nariz, como si se concentrara en el espacio desapareciendo el rasgo en un tumor de carne.
¿Qué pedo, pendejo? Por un momento siento que es un saludo, fraternal incluso, cordial y bronco—sabor del Norte—pronunciado por alguien de rostro olvidable e inexpresivo.
La luz solar hace la mirada apretada entre los párpados. Entonces descubro que sus globos oculares son blancos, casi iluminados, perfectos sin mancha. ¿También vas a chingar a tu madre? Vales vergas, dice. No hay ira en la mirada. ¿Qué miras pendejo? ¿Crees que no te reviento? Ahora grita, levanta el brazo derecho, cuello y cabeza inmóviles, una pierna agitada frente a mi cara.
¿Qué miras? Te tumbo los dientes de uno, te tumbo los dientes y no vuelven a salir. Te los tiro. ¿Crees que no puedo? De uno te tumbo y reviento, te los tiro. Grita gangoso. Se mueve a los lados, baila; el cuello y la cabeza inmóviles.
Personalmente encuentro desagradable la expresión mirada de loco, para referirse a un gesto de furia. Si la mirada de loco resulta precisamente lo inverso a cada sentido: el vacío absoluto, la oscuridad sin temperatura, el espacio –atómico o estelar—inaprensible, sin tacto.
Solo puedo decirle “traes plata en la frente”. Cabeza y cuello se mueven, por primera vez, asintiendo. Lo sé, pero no es dinero, nadie lo quiere; nada más cansa. Media vuelta. Se aleja. Las muletas chillan dando saltos. La bolsa, un morral, cuelga de su espalda “Tocinería Chacón”; las asas trabadas en la frente.
Hoy tuvimos 36 grados de temperatura. Vivimos dentro de un cuerpo humano, pienso en voz alta. El sol estuvo terrible, además.
Horas después –ahora mismo—siento los omóplatos palpitar contra la pared, áspera y tibia. Decía Alfonso Reyes Traigo tanto sol adentro, qué ya tanto sol me cansa. Viejo mamón. 

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