La piel hierve. El rostro se endurece hasta el cartón. Las
banquetas y los puentes pelean por el espacio. La pelea es justa: los autos
pueden reventarte a media calle lo mismo que por las esquinas. Caminar bajo el
sol es un esfuerzo que nunca será recompensado.
Intento cruzar una avenida. Tengo dos opciones: obtener una
habitación en un lujoso hotel –el lujo no está en sus paredes sino en las
treinta monedas de mi bolsillo—para utilizar el puente dispuesto para sus
huéspedes o caminar 400 metros bajo el sol hasta el siguiente puente. En
Monterrey no hay sombra hay resolana, dice Alfonso Reyes. Viejo mamón.
Imagino que la distancia se reduce. Quiero correr, irme a la
chingada. Imagino que floto, que mis pasos vuelan la distancia, pero arrastro
los pies. Apenas aguanto la vida de mi peso; imagino que corriendo voy a
estallar. Plop, plop, plop. Seré un charco en Gonzalitos (¿“Gonzalitos”?, ¿para
qué nombrar una calle con un sobrenombre humillante? ¿para qué? ¿la afrenta en
vida no fue suficiente?, no entiendo); un charco gelatinoso en Gonzalitos; gelatina y tripas, áspic de
chucho sobre la calle de Gonzalitos
en Monterrey.
Todavía quiero irme a la chingada. La banqueta se escurre en
treinta centímetros entre el barandal del puente peatonal y la reja de un
restaurante de cabrito. Avanzo de
lado. Si alguien viene en sentido contrario va a haber un pedo.
Lo jodido no es el camino el sol ni las horribles banquetas.
Lo jodido es tener camino. Me voy a la chingada: eso queda por allá, detrás,
por arriba, al final descendiendo el puente. Una chingada, quiero decir, porque
me han enseñado que ese destino es tan vago que no admite paliativos.
Al pie de las escaleras veo tres pies. Los tres son negros.
Y brillantes. Se mueven a los lados dando pasos sincopados. Cualquiera se
atropella a si mismo en estas calles. Se mueven produciendo el sonido metálico
de piezas que chocan contra el pavimento. Tornillos que caen al piso, tubos de
metal ligero rodando, no es una máquina –ni siquiera un aparato—es un enredo de
piezas que se arraciman sobre sí, clavos y alambres, derrumbándose bajo el sol.
Un hombre mira fijamente. Una banda color plata le cruza la
frente – ¿color acero no de acero?,
¿plateada no de plata?, no lo sé—baja por detrás de las orejas; se pierde por
la nuca. Tiene la mirada vacía. El labio inferior, prominente en una boca
pequeña, parece que se alarga únicamente
debajo de la nariz, como si se concentrara en el espacio desapareciendo el
rasgo en un tumor de carne.
¿Qué pedo, pendejo?
Por un momento siento que es un saludo, fraternal incluso, cordial y bronco—sabor del Norte—pronunciado por alguien
de rostro olvidable e inexpresivo.
La luz solar hace la mirada apretada entre los párpados.
Entonces descubro que sus globos oculares son blancos, casi iluminados,
perfectos sin mancha. ¿También vas a
chingar a tu madre? Vales vergas, dice. No hay ira en la mirada. ¿Qué miras pendejo? ¿Crees que no te
reviento? Ahora grita, levanta el brazo derecho, cuello y cabeza
inmóviles, una pierna agitada frente a mi cara.
¿Qué miras? Te tumbo
los dientes de uno, te tumbo los dientes y no vuelven a salir. Te los tiro.
¿Crees que no puedo? De uno te tumbo y reviento, te los tiro. Grita
gangoso. Se mueve a los lados, baila; el cuello y la cabeza inmóviles.
Personalmente encuentro desagradable la expresión mirada de loco, para referirse a un
gesto de furia. Si la mirada de loco
resulta precisamente lo inverso a cada sentido: el vacío absoluto, la oscuridad
sin temperatura, el espacio –atómico o estelar—inaprensible, sin tacto.
Solo puedo decirle “traes plata en la frente”. Cabeza y
cuello se mueven, por primera vez, asintiendo. Lo sé, pero no es dinero, nadie lo quiere; nada más cansa. Media
vuelta. Se aleja. Las muletas chillan dando saltos. La bolsa, un morral, cuelga
de su espalda “Tocinería Chacón”; las asas trabadas en la frente.
Hoy tuvimos 36 grados de temperatura. Vivimos dentro
de un cuerpo humano, pienso en voz alta. El sol estuvo terrible, además.
Horas después –ahora mismo—siento los omóplatos palpitar
contra la pared, áspera y tibia. Decía Alfonso Reyes Traigo tanto sol adentro, qué ya tanto sol me cansa. Viejo mamón.
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