Existe el peculiar hábito de
pensar que un vaso de agua es la manera más sencilla de responder a la
invitación de nuestro anfitrión sin importunarlo demasiado. Como si pedir un
vaso de agua no representara mayor gasto. Quizá esto sea cierto para el agua
que llega a los hogares a través de la red de tuberías, la cual llega a costar hasta
1 centavo por litro. Pero el costo económico directo no es el único que debería
ser tomado en cuenta.
Parece que tenemos la costumbre
de disminuir la importancia de los recursos a los cuales tenemos acceso de
manera regular y fácil; y, por el contrario, valorar –a veces
desproporcionadamente—aquellos recursos a los cuales tenemos un acceso limitado
o de manera controlada. Quizá esto sea producto de la manera moderna de
entender la vida, que aprecia los bienes que se consiguen de manera individual
por encima, y a veces, a pesar de los bienes colectivos. Puede ser.
Lo que si resulta cierto, por su
parte, para el consumo del agua es que nuestra imaginación se concentra en el
líquido que sale de las regaderas o el que usamos cuando giramos la palanca del
inodoro. Sin embargo el agua se encuentra presente en otros, muchos aspectos de
nuestra vida, solo que estos son indirectos y, por tanto, poco apreciables
mediante el solo sentido común.
Así, por citar un ejemplo curioso,
se calcula que una botella plástica de un litro de agua significa en realidad 8
litros de agua: uno en su contenido y siete utilizados en su fabricación. Este tipo
de indicadores nos muestran la manera callada, silenciosa, como una gotera
callada por la cual se van miles y miles de litros cúbicos.
En el sitio http://www.waterfootprint.org podemos encontrar información acerca
de este tipo de cálculos.
Otro ejemplo que merece ser
considerado, es el de un litro de leche. Datos publicados en este sitio estiman
que además del 87% de agua que contiene el líquido de la leche, son utilizados alrededor
de 1000 litros –entre el agua ingerida y aquella utilizada para bañar a las
vacas—. A este cálculo se le llama “cantidad de agua virtual”.
Y las cifras son alarmantes: 300
litros para un litro de cerveza, 10 mil litros para un pantalón de mezclilla,
15 mil para un kilo de carne de res, 17 mil para un kilo de chocolate.
Los números siguen y se acumulan.
Dejando una sensación de un problema insuperable: porque ¿cómo dejar de
consumir? si todo requiere del agua para su fabricación.
La respuesta, quizá, se encuentre
en el tema inicial de este texto. En el agua que llega a nuestras casas.
Podemos hacer muchas cosas, sin
duda, pero resulta mucho más probable que iniciemos por aquello que se
encuentra más próximo a nosotros. Una muy repetida—y con razón—es la utilización
racional y cuidadosa del agua consumida en los hogares: evitar fugas, revisar
fallas, no desperdiciar, etc.
Otra puede ser recuperar el agua
de la red hidráulica para consumo humano. No lo sé, pero si intentamos ahorrar
agua podríamos empezar por evitar el consumo de aquella que viene en botellas. Se
oye bien, ahorrar agua consumiendo agua, pero será posible. ¿Qué crees?
Para consultar el informe completo, acudir a
| http://www.waterfootprint.org/Reports/Report50-NationalWaterFootprints-Vol1.pdf |

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