"El arte es cierto, los artistas son unos mentirosos" "Pobre Diablo"
Dicen los clásicos que la costumbre mata el amor. "Porque mueren los deseos por la carne... porque hasta la belleza cansa" creo que dice Manuel Alejandro. Los procesos cumplen su período y habrán de renovarse o perderse en la representación fatua, inmóvil, de la vida que una vez lograron representar.
También recuerdo un saber, sin que este tenga un lugar fijo en la memoria, que amor sin pasión es como un cariño siniestro, como un afecto dependiente del que ninguna de las partes quiere -siquiera-imaginar la posibilidad de una conclusión. Fijos en el tiempo los amantes marchitos contemplan através de la nostalgia, y con cierto grado de repulsión, su permanencia.
Mis tres experiencias de Callegenera (2011, 2012 y 2013) me dejan un poco el sabor de este proceso de sublimación.
La distribución de los espacios me lleva a la misma lógica: abajo a la esquina las expresiones propiamente callejeras, las firmas, los motivos urbanos, el hiperrealismo transmigrante, la vocación de barrio del aerográfo, el tatuaje transportado a las paredes o el muralismo chicano que después de verterse a la piel regresa a los muros -no lo sé; al fondo, pero todavía en la planta baja, el mural posindustrial, la pared que se pinta con permiso de sus dueños, la pintura de caballete transportada a otra dimensión-espacial-, los motivos "pop", el llamado de las artes del diseño y la ilustración a poblar los espacios de las tristes ciudades tan llenas de miseria y violencia; arriba, en grandes formatos, el arte urbano distinto, el que subvierte las relaciones entre formas y colores, experimentando con el espacio público como medio de experimentación, el esforzado intento por atrapar los detalles de la realidad que se nos escapa, la abstracción conceptual: jardines que cuelgan formando palabras y tipografías, fotografías recargadas en la persecución del ideal estético de las minorías underground, la naturalización de las tribus urbanas objetivadas en postales digitales e impresas en tinta "jet", el redivivo "happening" de un gringo desganado que se posterga (antes que prolongarse) durante tres días (inexplicablemente). Cada una, repitiendo el mismo tema "este es mi lugar".
La distribución del espacio reconstruye la narrativa de el espacio urbano regiomontano. El encierro gutural del barrio, abajo al fondo ensombrecido, debajo de arcos, columnas y escaleras de hierro; y la claridad de fondo de cartón piedra, en amplios espacios iluminados, de las propuestas alternas, con otros horizontes culturales, del llamado de la experimentación artística; en el piso de arriba. No alcanzo a ver si la reproducción permite una deconstrucción de la realidad, alguien podrá explicármelo más tarde.
Lo que si alcanzo a distinguir es que unos serán borrados y otros podrán ser desmontados. No se más.
El espacio de expresión de arte urbano, el llamado de la selva de asfalto en las paredes de la sala de exhibición, pide permiso y busca justificarse.
No entiendo de otra manera el panel aislado de la gráfica callejera relacionada con la APPO (Asociación Popular de los Pueblos de Oaxaca). Movimiento popular en Oaxaca que durante 2006 hizo suyas las calles de la capital de ese estado. Si una de las apuestas del arte urbano es subvertir la calle, hacerlas propias, romper los muros estáticos de las ciudades y las vallas publicitarias, ¿por qué aislar a la representación gráfica de un movimiento que logra apropiarse del espacio público? Una pared falsa, inconexa, flotando en medio del espacio, con la leyenda "manifestación política" como gran advertencia editorial: "Esto es gráfica popular con intenciones políticas". "Cuidado con el perro", hubiera sido más breve y más directo.
La geografía de la ciudad regiomontana, con sus compartimentos estancos trazados con mano de hierro sobre el espacio urbano se vuelve la geografía del imaginario social donde las fronteras socioeconómicas tienen color de piel, estatura promedio e inflexiones de la voz claramente definidas e infranqueables. "Esto llegó hasta aquí de la mano de la curiosidad exótico-costumbrista-antropológica nada más, no vayan a creer otra cosa".
La geografía de la piel retratada por el gringo que resultó sensible (Mear One, Los Angeles). El joven de piel morena, superhéroe "naive" en jeans, tenis y sin camisa, que opone sus músculos de trabajo fuera del gimnasio a la fuerza de la máquina que se cierra sobre él, a los engranes que amenazan aplastarlo. Con un rostro erizado, iracundo, sin resignación ni complacencia.
La geografía del espacio aislado, abstraído de la realidad, retomada por Kidghe, de la sala de exhibición lúdicamente fracturada en la destrucción simétrica del espacio asignado para exponer. El guiño coqueto a la destrucción bajo control pero que aún reniega de la irrealidad de la sujeción museográfica al "sitio que te toca".
La geografía de la calle, reconocida como origen y contexto en la composición de Pobrediablo, fotos de las manifestaciones de "allá afuera", retratadas y transfiguradas en la forma de un rombo diamante que es flecha; como flecha es la frase "El arte es cierto, los artistas son unos mentirosos".
La geografía de México, la geografía del Norte de este país. La muerte ausente, los desaparecidos. La omnipresencia de las drogas, mi perico, mi chiva y mi gallo, dicen los Tucanes de Tijuana en "Mi Ranchito". La violencia exacerbada, grotesca, normalizada en el gesto de un payaso, en la burla sobre las calaveras que no son la caricatura de engoladas catrinas de Posada sino la realidad constante, imaginada y temida, la cotidianidad del Norte de México.
La geografía de la frontera, el muro que no cesa, pero que se hace transversal en los rostros y las expresiones de los "hommies", el retrato chicano, la estética de los transmigrantes por generaciones, ida y vuelta.
La geografía de la marginalidad orgullosa, de la segregación espacial que se rebela y se revela como referente tribal de amistades y afectos: los "no lugares" que se niegan a serlo en el imaginario de sus portadores: "Esos cumbianberos de la zona centro", "Joya", "Fome 18"
La geografía de la existencia individualizada en los espacios alienados, el nombre, la firma, el tag, los estados de ánimo: "Verónica te amo mi amor", "nada patras todo padelante" "como no te rayas las nalgas me decia mi ama"
El camino del olvido, de la nostalgia de cuando la Ciudad fueron hombres y mujeres.
Aparte de esto, no entiendo la museografía de la exhibición. Y si la entiendo, encuentro más preguntas en el sesgo, en el banal intento de justificar, aclarar, ocultar, conciliar, esconder que los escasos esfuerzos por resaltar el valor de cada espacio, cada intento.
La iluminación de las obras en un principio me pareció intrigante. Lámparas directas, luz amarilla dirigida al centro de las pinturas, porciones considerables de una obra ocultas detrás del brillo de un reflector. Tres vueltas a la exposición 2013 me hizo generar sospechas e incluso cierto grado de molestia: ¿por qué diablos están los reflectores tan directos? Un recorrido después parece una conclusión inapelable: ¿para qué cuidar los colores? ¿por qué no quemar los brillos de esta laca? ¿que importa si nos perdemos el detalle de una esquina? finalmente, estos trazos y estos colores se habrán de borrar mañana para que otros enteramente distintos y enteramente los mismos (quizá, incluso, pintados por los mismos) regresen el año siguiente?











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