El noventa y nueve. Ora va a hacer diez años. Ustedesse han de acordar. Lucas Macías
Agustín Yañez, Al filo del agua
basta por esta noche cierro la puerta me pongo el saco guardo los papelitos donde
Juan Gelman, Sefiní
Me considero un tipo distante y desapegado. En cada una de mis mudanzas encuentro mucho más próximo el vértigo de la novedad que la delicada voz de mi pasado. Sumidos los tobillos en la incertidumbre, con los sentidos atentos ante un entorno desconocido, no acostumbro estirar la mano hacia las personas y las cosas que se quedaron atrás. Tiene una voz dulce la añoranza, sin embargo.
Quisiera pensar que tengo los ojos puestos en el futuro, que miro hacia adelante y que los nuevos retos adquieren importancia sobre el equipaje de mis fantasmas. La verdad es que no es así; sólo soy un tipo distante y desapegado.
Y no es que sea un tipo sin equipaje, con la punta de los dedos en la esquina del cuaderno, siempre dispuestos a cambiar la hoja. Tengo mis fantasmas. Tantos que en ocasiones creo que ando con el lomo curvado por el peso de los años -hasta siglos- del recuerdo posados sobre mis hombros.
Tengo mis fantasmas. Cargo con cosas, con lugares, cargo con buenas y malas personas que habitarán definitivamente en mi memoria. Algunos y algunas, solo habitarán en el recuerdo, y es una pena; otros andarán por ahí, por allá, en un tiempo que se escapa a ser en el baúl de mis recuerdos, y es una pena, menor, aunque pena al fin, porque me gustaría pensar que hay pedazos de mi vida que habitan en la esquina de Tacuba y Allende, que la huella de mis nalgas estará presente en el sillón donde me pasaba las horas de los días mucho después de que yo no habite por ahí, todavía esperando que el momento en el que la familia de mi novia adolescente saliera de paseo (sin mi novia y sin mi, por supuesto). Me gustaría pensar que han quedado átomos de mis pasos por el arroyo de todas las calles por donde marchaba convencido, grito abierto y puño en alto; por las calles donde marchaba incrédulo, sonrisa oblicua y gesto tímido. De la misma manera que me gustaría pensar que no quedará recuerdo de cuando marchaba por las calles como cínico, con la sonrisa abierta y la esperanza evaporada.
Me gustaría pensar que el vientre tibio que mis dedos han recorrido la tarde de ayer como el dorso de su propia mano, territorio propio y desconocido a la vez, que este vientre se llevará las caricias que alguna vez compartimos como partículas de este tiempo, adheridas al tejido. Lamentablemente, la piel no tiene memoria (al menos no la piel del otro), ni los sillones saben de nalgas pasadas, ni hallaremos restos de nosotros en calle ninguna. El mundo gira en espiral, nuestros cuerpos giran sobre su eje, abandonados en la fantasía de las metamorfosis. Seguimos aquí, los mismos, con el cuerpo decaído sin duda, pero condenados a uno mismo.
Seguramente el instante es imposible. Un fragmento de vida, amasijo de aires cálidos o fríos sobre la piel, soles que desaparecen o que nacen o que borran toda sombra, palabras dulces pronunciadas con voz cómplice, bajito, sólo para dos, mientras el mundo se quiebra debajo de nuestros pies o filosos hielos de terror, el miedo cristalizado en gritos y sirenas que aún no escuchas mientras miras a ambos lados y sólo encuentras a un hombre enorme, moreno, cuyo rostro impasible podría tranquilizarte si no fuera porque su frente está cubierta por mínimas gotas de sudor y al reparar en la inexpresividad vulnerada, piensas que entonces el miedo es real...La memoria manipulada por el estado de ánimo, al antojo, según la necesidad de una triste esperanza para que un átomo de recuerdo proponga un poco de sentido a toda esta locura. Como una fantasía retrospectiva que nos ayuda a mirar las horas sin reventar, o a no mirar las horas sin reventar, no lo sé.
O quizá será que el instante es lo único posible por que la memoria nos está negada. Porque el recuerdo de aquellos días recorriendo las instalaciones de Ciudad Universitaria, cándidos y festivos haciendo nubes de palabras y de humo de cigarro, mientras las ilusiones de futuro se volvían mantas y pedazos de cartulina con palabras gigantes (sin importar lo pendejo del mensaje, toda palabra escrita en una cartulina en ese tiempo era "GIGANTE"), porque el recuerdo de aquellos días iluminados por la música de los Fabulosos Cadillacs se encuentra en un cajón inaccesible para mi. El instante es lo único real porque recordar una tarde significaría hundirse en el sillón una tarde entera. Quizá el instante es tan nuestro porque si volvemos sobre nuestros segundo y días tendríamos que temblar nuevamente aquella tarde, las largas horas pegados al borde de la silla, contemplando como se evapora de la imaginación el sentimiento de aquel amor, mirar lenta minuciosamente, como una vez lo hicimos, los gestos fríos de quién habitando el deseo, ya no nos desea más; ¿quién quiere recordar vivir estar otra vez esa tarde?
Cifrados en el instante, en la imposible memoria, no lo sé, todo está perdido.
Nos queda el triste gusto de pensar que los seres han llegado más allá de nuestros recuerdos. Adherido a la imagen de esos ojos que un día dijeron "te quiero", puedo sentir que escapo de la fantasía de mis recuerdos precisamente porque esos ojos siguen mirando, y quizás diciendo "te quiero" a otros ojos, a otros recuerdos. La espiral asciende y desciende, esta locura no tiene sentido, pero es menos locura si pensamos que el vientre que recorrieron los dedos como el dorso de su mano, habita en un lugar distinto de la sola memoria. He vivido, ahí están las huellas.
Como dijo Ricardo Yañez, el peldaño lleva la huella de mi calza aquella, así respiramos fuera de la fantasía. Así, mis pesadas botas recorren el pasto del Estadio México 68 pateando un balón hasta la red, así miro el aspecto de apache de Arturo, siempre al lado de Ariadna, joven e inexpresivo; así miro el gesto meditabundo de Roberto López (preocupado por no enseñarnos que él tampoco entendía nada); así me llevo la mano de Orlando pegada a su mentón, el cabello sobre los hombros (semejando a un Cristo de Iztapalapa), tratando de aparentar optimismo mientras sabía que nada habría de salir de esos desvelos. Me llevo la certeza de que hay personas que llegarán más lejos, escaparán de esta locura que es vivir, que es recordar.
Pancho tiene una hija ahora, Hugo se disuelve en sus ambivalencias entre la soltería y la estabilidad amorosa. La vida espiral, he vivido, ahí estamos las huellas. Soy feliz, nada es una ilusión; y si es, es compartida.
La imaginación, la locura, la fantasía, la pesadilla, el sueño, la ilusión, el amor aquel, solo se rompen y se mantienen, sabiendo que habitan en otro lugar, después y a pesar de los poderes de la imaginación y la locura.
Desafortunadamente, dolorosamente, hay ocasiones en las que la locura gana, la ilusión perdura.
Casi puedo ver la sonrisa de Arturo González cuando no perdía en los volados, sabiendo que no habría de pagar una torta, un refresco, algún dulce. Puedo mirarlo, para mi pérdida, sólo puedo mirarlo en mis recuerdos.
Cuándo lo recuerdo siento que no le ayudé a quitarle un poco de la presión que sentía. Hubiera sido distinto, pero todos tenemos caminos diferentes. Me apena un poco. Pero lo que más me apena es que ahora sólo existirá en mis recuerdos.
Me siento un poco obligado a no perder esos instantes o esa memoria, no lo sé.
Nunca pensé pensar estas cosas; y no es que piense mucho, pero algunas cosas del futuro están entre lo que no puedo imaginar. O no estaban antes.
Adiós Arturo González, mi amigo, cómo las mujeres que ya no me amaron, llevaré tu recuerdo como un fantasma.
Epitafio
Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.
Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.
¡Digo que el hombre debe serlo!
Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.
Una flor.
Un violín.
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