Though I'm past one hundred thousand miles
I'm feeling very still
And I think my spaceship knows which way to go
I'm feeling very still
And I think my spaceship knows which way to go
A pesar de que he viajado cien mil millas
me siento bastante detenido
pero sospecho que mi nave decide el destino
Major Tom
Hace tres semanas estuve acariciando los
recuerdos pero nada cedieron. Enredados en el horror, los días sin bordes
diluyeron las noches; las navidades hirvieron debajo de soles caniculares;
manzanas brotaron de las piedras; caminatas a lo largo de cerros desgajados terminaron
su descenso en las escaleras de una estación de metro sin nombre. Una cara
recortada en lo alto del muro de piedra, mirada sin ojos: sin tiempo, superviviente.
Las historias han matado la carne al guardarla, tacto de sombras.
Hace tres semanas llené de rabia mis
bolsillos, fui hasta el parque y estuve alimentando a las palomas.
Hace tres semanas estuve convencido de que
las cosas están cabronas y que los seres miserables crecemos como epidemia.
Unos infectados desde el útero, como inoculados por un virus en el mismo
proceso en el que absorbemos la vida a través del cordón umbilical. Otros,
contagiados más adelante tendremos que esperar más tiempo para acariciarla (quizá
mirando los ojos de agua de tu compañero de pupitre, derrotado y sin entender,
buscar las señales del culpable en las caras de todos; derrotado, sin entender
y sin torta de jamón; y alzando los hombros nos vamos al segundo piso darle dos
mordiscos a una torta insípida antes de tirarla al bote de basura).
Hace tres semanas estuve retozando entre
fantasmas, una cosa llevó a la otra y formamos jorobas en la cama. Una cadera
tomó mi mano que fue una mano que fue tu cadera que fue mi mano que fue otra
mano que fue otra cadera que fue nada. Haciendo mariposas con los muslos, el
misterio de la posesión puede ser un límite insalvable. Por lo menos en la
fantasía los desiertos aparecen tan llenos de amor y lugares húmedos. Desdichadamente
sólo los perros solos pueden lamerse los genitales.
Hace tres semanas me descubrí migrante,
pasajero de la memoria de otros y de la mía misma. Turista entre dos soles.
Hace tres semanas llamó mi madre para
contarme de la muerte de su hermano. En la muerte de este hombre solo pude hallar
el simulacro de la muerte de aquel otro, cariñoso, mi tío, y de mi infancia.
También la memoria debería permitirse morir un poco, aunque sea para evitar la
afrenta del olvido o la tiranía del recuerdo. Hace tres semanas dijo mi madre
que la sangre que nos une se ha vuelto más escasa.
Hace tres semanas una amabilísima joven en
el Monte de Piedad me señaló que las cosas que tengo por valiosas resultan demasiado
excéntricas, envilecidas por el uso o de plano inútiles como para tomarlas en
garantía.
Hace tres semanas desperté sudoroso,
herido por el hambre y el sueño. Recorrí las manos por los bolsillos buscando
unas monedas para el intercambio, solo para sentirlos vacíos, otra vez. El
insomnio me alcanzó para formar y fumar, sucesivamente, cinco cigarros con el
tabaco de las colillas. Nada para dar y todo por recibir, en los desechos me
hice una piedad.
Hace tres semanas encendí la televisión
para no soñar. Sin café, sin cigarros, acomodando los libros en un rincón del
piso escuché de herramientas omnipotentes, mágicas ollas azules y mágicas ollas
negras; también de un brassier que te
mantiene erguido, pone tu pecho al frente y te corrige la postura. ¡Si me
hubiera aficionado al “chemo”! Las
madrugadas en las que hasta el calor gira, los solventes deberían tener todas
las respuestas.
Hace tres semanas vi a mi padre. Contrario
a su costumbre lo sentí un poco más delgado y de menor altura. Traía el mismo
gesto ambiguo sin embargo. De ojos serenos
y ademanes de agitador de plaza pública, tanto en los reproches como en el
elogio, su voz puede ocupar la habitación entera. Aunque sus palabras
convierten en delirio la vehemencia, en esta ocasión se mantuvo en silencio. Conversamos
como siempre, cómo cuándo estuvo vivo, sin escucharnos y diciendo nada. También
creo que tenía más cabello.
Hace tres semanas vi cómo los gestos
insignificantes encierran una postura ideológica, más no en sí, sino para el
otro; pedagógicamente, por así decir.
Hace tres semanas he volteado todos los
espejos de mi casa.
Hace tres semanas mi tío separó el último
de sus fragmentos. Un día me contaron que su cabeza llena de agua, lo ahogaba
desde dentro. Poco después me avisaron que no “reaccionaba”, es decir que de cualquier
cosa que se sacudiera internamente solo constaba una figura mansa y detenida para
quienes lo observaron, excluidos, desde el exterior. Una metáfora de la
comunicación, supongo; solo que no fue metáfora. Supongo que esa es una de las
muertes: distantes palabras de otros.
Hace tres semanas depuse mi espalda contra
el piso, aplané el cráneo contra el piso, hendí las costillas contra el piso; sobre
el cemento caliente, mientras la sangre fingida abandonaba mis piernas, estuve
evocando las supersticiones kármicas
de los vegetarianos. Si tan sólo nos nutriéramos de seres repulsivos, los
camarones y las piñas cubrirían los mares y las tierras, y habría platitos
diminutos para las cucarachas desamparadas
a la entrada de las casas.
Hace tres semanas me sobrecogieron las
cosas que regresan de la nada al despertar. ¡En la ruleta de las
reencarnaciones demando la displicencia de la lechuga, la racionalidad absoluta
de la efímera o la socarronería de la
langosta de Nerval! Hace tres semanas cargo un nuevo afecto por las vacas.
Hace tres semanas estuve revisando los
papelitos que guardo en la cartera. En estas reliquias de la indigencia, detrás,
en letra pequeña leo “la compasión es únicamente posible en lo ingénito, el
oprobiado es el verdadero imbécil”. De acuerdo, no dicen eso, pero deberían,
definitivamente. ¿Podría existir miseria
más grande que la nuestra? Sin duda, otras épocas. ¿Pero ahora?, maldito
Beckett. Hace tres semanas que guardo
la cartera debajo de la almohada.
Hace tres semanas que unas uñas arden en
mi pecho y en mi espalda. La tetilla izquierda se sostiene por un milagro y
porque hay pelo en el cuerpo. El hombro derecho supura. Al principio me
hicieron sentir vivo, ahora solo escaldan con el sudor. Lo fugitivo permanece y dura; bla bla bla, estúpido Quevedo.
Hace tres semanas miré alrededor y no
encontré algo que pudiera transportarme fuera de la habitación. Las blancas
paredes viejas manchadas con mosquitos, las ventanas invariables sin cristales
abiertas, los papeles revueltos en la mesa derramándose hasta el piso, el foco
sostenido del techo por una gota de luz, las colillas crecidas como hormiguero
encima del cenicero, la mancha marrón que parece un armadillo vagando detenido
sobre el gris del mosaico, el disco de una pulidora metálica, las hormigas que
desfilan entre los dedos de mis pies…todo parecía contenerme: si algo era si
algo soy estaba ahí y solo ahí. La vida pequeña por sí misma, ceñida en el
espacio que pudieran abarcar mis brazos extendidos.
Hace tres semanas me he dado una güeva
imponente.
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